RELATOS DE RETRATOS, DE VIAJES Y FOTOGRAFÍA

Actualizado: 8 ene 2021

Don Buzo - Trujillo

Enero del 2020. Tenía que ir a Lima, Perú a grabar un curso de iluminación y retoque para Crehana, una plataforma educativa.

Mi estadía debía a ser corta. El curso sólo me llevaría una semana y, a mi regreso, debía preparar mi viaje a España.

Sin embargo, a pesar de haber visitado Perú cuatro veces, no quería ir, cumplir y pegar la vuelta, tenía un deseo fuerte de aprovechar el viaje y conocer algún lugarcito nuevo. Este país te atrapa, te invita a ser curioso y siempre sorprende.

Entonces hice que pasaran cosas: hablé con mi amigo César Salinas de Lince y le dije que me gustaría quedarme algunas semanas más. A Cesar lo conocí hace algunos años, cuando di una charla en el Congreso Fovitech en Lima y su negocio auspiciaba mi MasterClass.

A él y a su equipo le gustó tanto la charla que me contrataron al año siguiente para dar un Workshop para su marca, así nació nuestra amistad.

Esta vez, le pedí que organizara un par de capacitaciones, para poder recorrer nuevos lugares. "Cuenta conmigo mi hermano" dijo, y nos pusimos a trabajar.

Entre sus propuestas estaba Trujillo, lugar que no conocía, así que lo consulté con don Google y ahí empezó mi romance con la "Ciudad de la eterna Primavera".

El mar, la pesca ancestral, los caballitos de totora, las ruinas, todo, absolutamente todo, me parecía sumamente fascinante.

Luego de leer un poco sobre su historia, de ver fotos y videos, mi cabeza de fotógrafo no podía parar. La adrenalina empezaba a recorrer mi cuerpo, visualmente me transporté allí, con mi cámara y mis flashes. Pensé: “Debo retratar a un pescador con su caballito, sí o sí”.

Pude ver cada foto antes de tomarla: el mar con un atardecer prendiéndose fuego de fondo, charlando con un pescador mayor con años de experiencia contándome sus increíbles aventuras.

Tal vez sea por la gran estimulación visual que tenemos los artistas, no lo sé, pero les juro que me vi ahí, extasiado con cada obturación.

El problema de que estos momentos reveladores te lleguen por la noche, antes de dormir, es que seguro el insomnio te acompañará hasta la madrugada y, totalmente entregado, le contarás cada pensamiento y cada idea, hasta terminar con el sol entrando por tu ventana, agotado mentalmente, pero con el corazón lleno de vida.

En plena Acción con mi Mochila Pampa! Foto tomada por mi amigo César Fernández Villacorta 📷

Llegué a Perú un domingo, me esperaba un lindo hotel en Miraflores a solo unas cuadras del mar. Descansé un rato y salí a caminar por el maravilloso Malecón.

Al día siguiente 9AM un Taxi me esperaba para llevarme a mí y a un colega brasileño al edificio de Crehana.

Y así se pasó la semana de grabaciones, pasando todos los días por el Circuito de Playas de la Costa Verde, charlando con mi nuevo compañero, Pedro de San Pablo, que por suerte hablaba muy bien español porque yo de portugués no entiendo nada.

Terminada la semana me fui a Lince, a reencontrarme con Cesar y esa misma noche fuimos a comer en un puesto de la calle y nos quedamos hasta las 4 de la mañana tomando Pisco y charlando con amigos. Recién ahí, sentí que había llegado a Perú.

Puesto en la calle de Doña Pochita. Lince - Perú
Anticucho con Mixtura - Corazón y Víceras

La comida hecha en la calle o en un hogar, tiene una sazón diferente a la de un restaurante lujoso, beber un pisco en un bar para turistas no se compara con el que te prepara un amigo en su casa. En Argentina, por ejemplo, el asado del mejor restaurante no tiene el mismo sabor que el del domingo al mediodía en familia, porque el del domingo está hecho con el ritual, el tiempo y el amor que se merece.

Mi primer viaje a Perú fue en modo turista. Recorrí Miraflores, el centro histórico de Lima, el desierto de Ica, Islas Ballestas, Cusco, Machu Picchu y algunos lugares más.

Cuando volví al año siguiente me di cuenta que había conocido muy poco y que me faltaba conocer lo más importante: su gente auténtica.

El recepcionista del hotel, un mesero, un taxista, un vendedor, jamás te dirían "Huevón", jamás utilizarían un lunfardo, por ende, jamás los conocerías realmente.

Las siguientes semanas pasaron volando, con diferentes actividades durante el día y con amigos y pisco de noche. ¡El equilibrio perfecto!

El último día de capacitación a la medianoche salió nuestro Bus a Trujillo. Nos esperaban 8 horas de viaje. Como de costumbre, no pude pegar un ojo, un poco por la ansiedad, lo reconozco, y otro poco porque mido un 1,94m y al no poder estirarme se me acalambran las piernas, siempre. Así que llegué a Trujillo zombie, pero feliz.

A las 9:30 iniciaba el Workshop, así que tampoco hubo tiempo para descanso.

Mi cansancio no desapareció después de beber un fuertísimo café expreso, sino cuando entré a la Academia de Fotografía y todos los asistentes me estaban esperando con una sonrisa, con un saludo afectuoso y llenos de expectativa. En ese preciso momento sentí que mi energía estaba al 100%, como si hubiera dormido 8 horas.

Y esto no tiene nada que ver con el ego, sino con entender que toda esa gente depositó su confianza, su dinero y su tiempo en ese workshop.

Trujillo - Workshop día 1

El primer día de capacitación salimos al centro histórico a hacer un par de retratos, viendo diferentes técnicas para iluminar. Mientras los alumnos quedaban fascinados con los resultados, yo quedaba fascinado con los paisajes y la arquitectura del lugar.

Sacamos fotos hasta que el sol se fue por completo y cuando volvimos a la Academia, me senté en un sillón y quedé rendido, como si el cuerpo me hubiera pasado factura por mi escaso descanso y el exceso de concentración.

Creí que me dormía ahí no más, pero el destino tenía otros planes.

El director de la escuela "Runa Fotos" se acercó a contarme que el profesor de iluminación tuvo un inconveniente con el auto y no podría dar su clase. Me preguntó si podía dar una charla de Creatividad, ya que estaban todos los alumnos esperando.

No sé cómo, pero pasé de cero a cien en cuestión de segundos y salí con una sonrisa de oreja a oreja para el aula. Creo que salió una de las charlas más lindas de mi vida, por lo menos yo la percibí así. Y ahí entendí que el mismo amor que le tengo a la fotografía, le tengo a enseñar lo que amo.

Terminada la charla me hicieron un hermoso regalo: ¡un Jerk Stopper Tether Tools que tanta falta me hacía! Esa noche salimos a recorrer el centro y a comer un ceviche trujillano, y al regresar al hotel me apague por completo, no sé cómo se debe sentir un golpe de knock out, pero quedé tirado en la cama como si hubiera recibido uno.

Al otro día nos levantamos temprano, pedí que me llevaran a conocer el lugar donde íbamos a hacer los retratos para darme una idea de espacios, tamaños, composición, ópticas a utilizar, etc.

Mientras recorríamos el lugar, un alumno de Trujillo hacía de guía turístico, respondiendo las miles de preguntas que le hice a cada paso. Terminada la excursión, fuimos directo a la academia, para continuar con la segunda jornada de capacitación: llegó el turno de aprender a retocar las fotos hechas el día anterior.

El día se pasó volando a pura edición, solo paramos para almorzar y obviamente aproveché a pedir un plato típico trujillano, Perú es un país que destaca por muchas cosas, entre ellas por su variada y exquisita gastronomía.

El ultimo día en Trujillo, nuevamente nos levantamos temprano para aprovechar el tiempo. Recorrimos un poco la ciudad, fuimos a desayunar y a almorzar platos típicos en lugares no frecuentados por turistas.

Reventado de Cangrejos - Ceviche

La comida fue abundante y exquisita, cargada de sabor. Mi paladar estaba extasiado, pero esta mezcla de sabores no me iba a caer nada bien.

Aunque todavía no lo sabía, a lo largo del día mi cuerpo me lo iba a ir comunicando con un gran dolor de estómago, fuertes retorcijones, algo de fiebre, mucha transpiración y recurrente necesidad de ir al baño.

Luego del almuerzo partimos para las ruinas de Chan Chan, la ciudad construida de adobe más grande de América y segunda en el mundo, sin dudas una maravilla.

Esta ciudad precolombina es de un placer visual enorme, de color arcilla, bien monocromática con ritmos visuales por doquier, repleta de relieves y texturas.

Mientras tanto, los síntomas empezaban a manifestarse de a poco, todavía soportables, pero como un claro indicio de que se iba a poner bravo.

Ahora sí, llegó el turno de partir hacia el Balneario de Huanchaco en busca de una historia que contar.

El día estaba hermoso, con una temperatura ideal para meterse al mar, de hecho, la playa estaba llena y en mi cerebro se encendió una alarma: "Esto podría presentar un problema a la hora de hacer las fotos, ¡Mierda!” pensé, esperando que no sea nada que no pueda solucionar con una mezcla de “por favor damas y caballeros”, simpatía y algo de Photoshop.

Empezamos a caminar preguntando a todo el que se nos cruzaba si en Huanchaco había un lugareño mayor, con arrugas, experiencia e historias que contar, ese que conoce y representa la cultura del lugar a la perfección.

Ruinas de Chan Chan

La buena noticia es que esa persona existía y era muy conocida, querida y respetada por todos allí. La mala, es que estaba trabajando en la playa que es gigante y que parecía un hormiguero, nadie sabía en qué lugar encontrarlo, podía estar en cualquier lado.

Nuestro pescador es conocido por todos como "Don Buzo" un hombre de 83 años, que, a pesar de su edad, sigue trabajando.

Lo primero que hicimos fue averiguar dónde vivía para confirmar que ese día no se había quedado en casa y no buscarlo en vano por la inmensa playa. Además, tal vez un familiar podría darnos alguna pista de los lugares que más frecuenta.

Caminamos unas cuantas cuadras, con cada paso mi dolor de estómago empeoraba, pero el paisaje era tan lindo y estaba tan motivado que poco me importaba. Las calles eran muy angostas y las casas muy humildes, muchas personas caminaban, otras estaban sentadas en las veredas y a todas se las veía muy felices bebiendo alguna cervecita, algún trago, algún jugo; mientras, se escuchaba música alegre saliendo de los hogares…daban ganas de quedarse a compartir y a conversar, pero debíamos seguir porque el tiempo apremiaba.

Llegamos a la dirección, la calle era de ripio, había una despensa y un par de mesitas afuera, una de ellas ocupada por varias personas tomando whisky. La botella de Jack Daniels estaba en el centro, había música, anécdotas y carcajadas contagiosas. La mesa era de plástico y estaba despintada por el sol, algunos asientos eran sillas plásticas y otros fueron improvisados con cajones de verduras y troncos. Pocas veces en mi vida vi alegría más genuina.

Entramos a la despensa, preguntamos por Don Buzo y la persona que nos atendió nos dijo que era uno de sus nietos. Le contamos que queríamos hacerle un par de retratos a su abuelo y le gustó tanto la idea que se ofreció a ayudarnos para encontrarlo más rápido. Al salir, llamó a un par de los de afuera, que también eran nietos del pescador y que se unieron a la aventura.

Volviendo hacia la playa, el paisaje era aún más lindo, porque de fondo se veía el mar que se acercaba con cada paso.

Al llegar, el equipo se dividió para aumentar las posibilidades, todos atentos al WhatsApp por si alguno llegaba a encontrar a nuestro "Nemo".

Pasaba el tiempo y no había noticias de Don Buzo, de a poco me empezaba a desesperar.

Ya estábamos contra las cuerdas, el sol bajaba deprisa y unas nubes densas en el horizonte amenazaban con oscurecer todo.

Claro que algunas nubes en un atardecer quedan muy lindas en la composición, pero si está completamente nublado solo tapan el sol.

La situación era realmente crítica porque esa misma noche viajábamos de nuevo a Lima y tenía un compromiso al día siguiente que no se podía postergar. No había revancha posible, al menos en este viaje a Perú.

De mi esperanza ya quedaba muy poco, el sol estaba muy bajo, nadie sabía nada de Don Buzo y mi dolor de estómago ya era insoportable.

Cuando estaba a punto de tirar la toalla y pedirle a César que me lleve con un médico, escucho a lo lejos, entre el ruido de la gente: "es él, está allí".

Nos acercamos casi con desesperación:

_ “Buenas tardes, ¿Es usted Don Buzo?”

_ “ Buenas tardes jóvenes, si, así es”.

“¡Lo encontramos carajo!” Se escucha gritar a uno del grupo.

No me pregunten cómo, pero automáticamente mis dolores desaparecieron, me olvidé de ellos por completo.

Don Buzo es un encanto de persona, muy simpático y amable, dejó lo que estaba haciendo para hacer las fotos con nosotros, se lo notaba muy contento y entusiasmado.

Camino al lugar donde estaban los caballitos de totora fuimos charlando de las fotos, de su vida y de la odisea que fue encontrarlo.

Una vez en el lugar armamos todo en tiempo record, saqué de mi mochila Pampa rápidamente la Nikon y Cesar me prestó su lente Sigma 24mm, un Flash y un Beauty Dish plegable. Coloqué el radio transmisor en la cámara para disparar el flash de manera inalámbrica y puse el modificador de luz en un pie de iluminación. Ya no había tanta gente en la playa así que fue más sencillo hacernos el lugar para las fotos.

¡El sol seguía cayendo, pero nosotros estábamos preparados! Los nietos de Don Buzo nos dieron una mano, colocaron un caballito de totora a orillas del mar. No sé por qué el diminutivo, estos "caballitos" miden como 5 metros de largo y son bastante pesados. Una vez ubicado con el ángulo correcto, empecé haciendo el encuadre y la medición de la luz, expuse correctamente para el atardecer, lo que generó una linda silueta que luego iba a ser iluminada por el flash, generando un impactante contraste.

Detrás mío se instalaron algunos familiares de Don Buzo y personas atraídas por la producción de fotos. Yo sentía que tenía hinchada, aunque en realidad eran hinchas del pescador más popular del lugar.

Todo estaba listo y el atardecer era aún más hermoso de lo que había soñado, estaba feliz, pero muy feliz.

Fotografía tomada por César Salinas 📸

Sabía que eso iba a durar solo unos minutos, pero no quería conformarme solo con fotografiarlo, también quise disfrutarlo e intenté ser consciente de cada instante.

Le pedí a nuestro protagonista que se ubicara y, una vez sentado en el caballito, me acerqué a hablarle para romper el hielo y darle algunas indicaciones.

Luego le di el pie de iluminación a un compañero y le pedí que iluminara de arriba y de frente, esto significaba un gran esfuerzo, porque al no tener un pie tipo jirafa, nuestro amigo debía tener el pie levantado de manera horizontal por encima suyo para que no salga en el encuadre.

Vuelvo a mi lugar, la cámara ya estaba configurada, solo restaba elegir la potencia del flash, lo hago, enfoco y disparo. ¡Eureka!

“¡Está todo perfecto”, grité, “empecemos!”

No termino de decir esto cuando una ola tumba a Don Buzo del caballito de totora.

Mientras me invadía un gran sentimiento de culpa salí corriendo a ayudarlo, aunque sus nietos fueron mucho más veloces, enseguida lo levantaron mientras detenían también al caballito.

La herida que causó el golpe

El golpe le hizo un corte en la pierna izquierda. “No es nada” dijo y pidió que sigamos con las fotos. Tal vez estas fotos eran importantes para él, tal vez estaba acostumbrado a los golpes, tal vez un poco de las dos.

Esta vez tomamos más precauciones y un nieto se quedó al lado del caballito de totora, cada vez que venía una ola se paraba encima haciéndole peso, lo que impedía que se moviera.

Foto 1 Ola que tumbó a Don Buzo - Foto 2 Sobrino de Don Buzo haciendo peso en el caballito

Antes de comenzar, me acerqué de nuevo a Don Buzo para asegurarme de que estaba bien y de que realmente quería continuar con las fotos, me dio el visto bueno y vi en sus ojos mucha ilusión, “Hagámoslo” dijo y sonrió.

Todos nuevamente a sus lugares, disparé a modo de prueba, ajusté un poco la exposición porque el sol había bajado un poco perdiendo intensidad, volví a disparar, “todo perfecto” grité nuevamente y esta vez sí, empezamos a fotear!

En las primeras fotos me concentré en la composición, ya que la exposición y la iluminación estaban funcionado a la perfección y la expresión de Don Buzo era increíble.

En la mayoría de los retratos el trabajo expresivo es lo que más cuesta, este no fue el caso, su rostro era templanza pura, su mirada se perdía en mi lente, desafiante!

Más que intervenir quería pasar desapercibido para no distraerlo y no perder esa conexión.

Pero había algo en la composición que no me cerraba, era el remo de caña, venía de atrás hacia delante de izquierda a derecha tapándole parte del torso, esas líneas no estaban ayudando para nada a recorrer mi foto.

Entonces pensé en pasarlo para adelante y que vaya hacia atrás, de esta manera podía comenzar por la esquina inferior izquierda y llevar la mirada hacia adentro de mi encuadre tapando solo parte del pantalón.

Sabía que podía funcionar, pero me limité a imaginarlo, si pedía esa modificación temía perder la expresión y la mirada de Don Buzo, así que preferí asegurar un par de fotos así y luego pedir el cambio.

En un retrato lo que no puede fallar son las expresiones, el resto es negociable, sé que pueden no coincidir con esto y pretender la foto perfecta, lo que está bien. Claro, lo ideal es que lo técnico esté resuelto y la expresión sea perfecta también, pero entre una foto técnicamente correcta con una expresión que no transmite nada y una foto con un problemita técnico pero con una expresión que pone la piel de gallina, prefiero la segunda opción.

Ya tenía varias fotos aseguradas con una expresión que me volaba la cabeza, estaba listo para pedir la modificación. Sin moverme de mi lugar, lo primero que dije en voz alta, fue una frase de celebración: “están quedando geniales, me encantan, sigamos así" y enseguida agregué "solo modifiquemos el remo" y di la indicación precisa.

Esto era importante para hacerle saber a Don Buzo que estaba cumpliendo su parte a la perfección y que no había que cambiar nada, excepto la posición de una caña.

Don Buzo empezó a mover el remo hasta que quedó perfecto y ahí pegué otro grito de arenga "perfecto, ahí está perfecto!".

¿Su cara? Su cara no cambió, me seguía transmitiendo la misma paz y templanza que seguramente le dieron los años de vida, en su mirada había orgullo y seguridad. En ese momento le agradecí al universo y me dije: “sí, tengo la foto”.

Foto 1 - "Si, tengo la foto"

Cuando esto sucede, lo que se siente es mágico, porque acabas de crear algo que te parece estéticamente hermoso y nació de vos; pero también es liberador, porque sabes que ya lo conseguiste, se fue la presión, de ahora en más lo que venga es de yapa y lo voy a aprovechar.

Ahora puedo permitirme jugar.

La presión a la que me refiero es por las cosas que no podía controlar y que podrían haberme dejado sin las fotos.

¿Qué cosas? Por ejemplo, que las nubes tapen todo el atardecer, que el sol se vaya antes de lograrlo, que las olas se pongan bravas y no dejen el caballito de totora tranquilo, que la herida en la pierna de Don Buzo le impida seguir, que mi dolor de estómago y los retorcijones vuelvan y no me dejen continuar, etc.

Foto tomada por César Salinas